España imaginada
Cómo la modernidad convirtió a España en un “problema” político y cultural
Los españoles nos encontramos ante la encrucijada de no saber qué historia contarnos sobre nosotros mismos. Si el pueblo estadounidense recurre a la figura del pionero, del vaquero intrépido que viaja al Oeste en busca de nuevas oportunidades, o del innovador que transforma su genio creativo en la realización del sueño de la movilidad social, el imaginario colectivo español sigue instalado en el desconcierto. Nuestro mejor reflejo sigue siendo un Quijote afectado por su locura, cuya identidad transita entre la de un pobre hidalgo y la de un caballero andante. Los españoles no saben qué es España. Y de ese desconcierto surge la lucha fratricida, representada por esa idea de las “dos Españas”, y recogida por autores y artistas como Larra, Goya o Unamuno.
En su libro España: la evolución de la identidad nacional, el historiador Juan Pablo Fusi pone el dedo en este problema. Y es que España, para muchos autores, se ha convertido en esto mismo: un asunto, una incógnita y, en definitiva, un problema. Sin embargo, un viaje por el libro de Fusi nos permite entrever que la aparición de este rompecabezas es, en realidad, bastante reciente.
Esto no quiere decir que España como entidad nacional tenga pocos años de vida. El autor se remonta a la época de los Reyes Católicos con el objetivo de mostrar que para entonces ya existía, por lo menos, un proyecto de monarquía española, aunque el sentimiento de identidad nacional se iría desarrollando con el tiempo. Este sería el germen, y España se iría haciendo, proyectándose a través de la inquieta actividad de sus gentes y de sus manifestaciones culturales.
Todavía no había contradicción. Y es que el concepto de nación era muy diferente al que mantenemos hoy. Como explica Fusi, «el hombre medieval se sentía vinculado a una ciudad, o a la Iglesia y a la religión, o al señor territorial, y en todo caso, a la figura del rey». No existía por entonces una vinculación estricta entre la nación y el Estado.
A pesar de esto, tal y como describe Fusi, la política de los Austrias condujo hacia una paulatina centralización administrativa, tendencia que se aceleró tras la llegada de los Borbones al trono español. En este lapso, la noción de una identidad española se fue fortaleciendo, acompañada de realidades culturales como la fe católica, el desarrollo de una historia nacional, de un estudio lingüístico o de una literatura.
Si se interrumpió esta tendencia centralizadora fue por los acontecimientos de principios del siglo XIX. La invasión napoleónica trajo la destrucción del «viejo orden político y social del país» y provocó que España se quedara (temporalmente) sin Estado. Paradójicamente, este fue también el momento que demostraría la distinción efectiva entre Estado y nación, pues cuando el primero había sido desmontado, la segunda sobrevivía, encabezando la reacción contra el invasor francés.
Poco importaría, sin embargo, esta evidencia de cara al futuro. La llegada de la contemporaneidad conllevó además el surgimiento de los Estados-nación. La construcción excluyente de esta nueva idea, que conlleva una definición ‘desde arriba’ de lo que forma o no parte de la nación, traería, ahora sí, el choque del que venimos hablando. Como afirma Fusi, «la Ilustración conllevó la revisión sistemática de España y su historia». De este modo, de la necesidad de reconstruir el Estado español conforme a las exigencias de la modernidad, caracterizada por el nacionalismo excluyente, surge la visión de España como problema.
Por otra parte, esta reconstrucción vendría marcada por un centralismo unitario y uniformizador, concentrando así el poder en un Estado central. Este proceso generaría cierta fricción. Según el autor, «la progresiva uniformización cultural del país pugnó en todo momento con la pervivencia de comarcas, regiones y provincias de estructuras distintas de costumbres, tradiciones y formas de vida».
Como parte de esta transformación fue fundamental el Decreto impulsado por el ministro de Fomento, Javier de Burgos, en el año 1833. Esta medida «creó la estructura administrativa» de los siglos XIX y XX, estableciendo la división provincial y logrando una mayor uniformidad legal y administrativa. De este modo, la nueva legislación sustituyó «el conglomerado de territorios y administraciones locales y comarcales del Antiguo Régimen, que subdividía hasta la atomización la Administración territorial […] por un sistema uniforme y racional».
En esta línea, destaca también la figura de Cánovas, fundamental en el siglo XIX español, quien defendía una visión esencialista, unitaria y uniformizadora de la nación española. Como dice Fusi: «Cánovas quería para su tiempo un Estado centralista, unido por un sentimiento nacional común, sin territorios dotados de instituciones políticas privativas y propias, y en el que hubiera un solo e indiscutible principio de soberanía: las Cortes con el rey».
Vemos, por lo tanto, cómo la visión moderna de la nación condujo a una concepción exclusivista, que hacía necesaria una definición. La apuesta por una visión totalizadora de nación pasó por ignorar las propuestas que buscaban compatibilizar la descentralización administrativa con el liberalismo, como los regionalismos que buscaban revitalizar la vida local como verdadera realidad de España.
Es en este momento cuando se presentan las visiones que pugnarán por delimitar en qué consiste ser o no ser español. Es entonces cuando se habla de las dos Españas, o de España como problema (especialmente tras la crisis del 98).
Este proceso, por supuesto, no se detiene aquí. La mentalidad nacionalista llega también a otras zonas. Lo que sucede en Cataluña, País Vasco y Galicia es la aplicación a nivel regional de la lógica que ya se seguía a nivel nacional: la apuesta por una concepción exclusivista, colectivista y nacionalista, en la que quién pertenece o deja de pertenecer a la nación se decide desde arriba.
Mientras España ––o los españoles, que son quienes forman España–– permanezca en este marco, seguirá condenada a recurrir a esa imagen plasmada por Goya en su Duelo a garrotazos. La clave de todo esto la ofrece el propio Fusi al inicio del libro: «Pueblos, naciones, Estados, regiones […] no tendrían así identidad esencial, permanente y unívoca. Su identidad es, en todo caso, abierta, cambiante y evolutiva».
Liberales o conservadores, nacionales o republicanos, ‘rojos’ o ‘azules’: todos ellos seguirán apareciendo, pues las narraciones que nos contamos no solo nos explican, sino que nos configuran como sociedad. Más sensato sería reconocer una tendencia cainita que no está inserta en nosotros por nuestra condición de españoles, sino por nuestra condición de humanos, y poner los medios para aliviarla.


